
El convento franciscano de Compostela acogió el inicio, en la provincia OFM de Santiago, de la conmemoración del VIII Centenario del tránsito de San Francisco de Asís. El encuentro, que reunió a miembros de la comunidad franciscana, fue inaugurado por Fr. Juan Manuel Buján, ministro provincial, quien subrayó la relevancia espiritual e histórica de esta efeméride.
El 800 aniversario de la muerte del santo, que se celebrará en 2026, constituye un hito para la Iglesia y para la tradición franciscana, y culmina el llamado Centenario Franciscano (2023‑2026), dedicado a recordar los últimos años de Francisco: la aprobación de la Regla, la Navidad de Greccio, la recepción de los Estigmas y la composición del Cántico de las Criaturas.

Con motivo de esta conmemoración, el papa León XIV ha proclamado 2026 como Año Jubilar especial, estableciendo un Año de Gracia que se prolongará hasta el 10 de enero de 2027. Este tiempo jubilar invita a la renovación espiritual y propone a San Francisco como modelo de santidad y testigo de paz. En este marco, se ofrece la posibilidad de obtener la Indulgencia Plenaria mediante la peregrinación a iglesias franciscanas o lugares vinculados al santo, acompañada de oración y conversión interior.

El Testamento de San Francisco: de los encuentros al encuentro
Fr. Miguel de la Mata, guardián del convento de San Francisco, profundizó en el significado del Testamento de San Francisco de Asís, uno de los textos más conmovedores de la espiritualidad cristiana. Dictado pocas semanas antes de su muerte en 1226, no pretende establecer una nueva norma jurídica, sino ofrecer una última exhortación espiritual y reafirmar el carisma originario de la Orden de los Frailes Menores.
En un momento de gran fragilidad física —casi ciego y marcado por los estigmas—, Francisco contempla una Orden en rápida expansión, atravesada por tensiones entre la pobreza radical de los inicios y las exigencias de una estructura institucional creciente. El Testamento surge así como un intento final de salvaguardar la esencia evangélica del movimiento y evitar su deriva hacia formas monásticas alejadas de los pobres.

El texto se articula en tres ejes fundamentales: el recuerdo de su conversión, cuando el encuentro con los leprosos transformó su amargura en “dulzura del alma y del cuerpo”, subrayando siempre la iniciativa divina; la reverencia absoluta a la Iglesia y al clero, con una firme llamada a la obediencia y al respeto por la Eucaristía; y la vida en pobreza y trabajo, insistiendo en que los hermanos se ganen el sustento con sus manos y recurran a la limosna solo cuando sea necesario.
Especial controversia suscitó su rechazo a las “glosas”, al exigir que la Regla se entendiera “sin interpretación”. Tras su muerte, esta postura dio lugar a un conflicto jurídico que llevó al papa Gregorio IX a declarar en Quo Elongati (1230) que el Testamento carecía de fuerza legal. No obstante, el texto permaneció como referencia moral para quienes buscaron mantenerse fieles al ideal primitivo, desde los Espirituales hasta los Observantes y Capuchinos. En su núcleo, el Testamento es una llamada a seguir la desnudez de Cristo crucificado y a vivir la libertad evangélica frente a la seguridad institucional.

El monumento a San Francisco de Asorey
El catedrático de la USC José Manuel García Iglesias analizó el monumento a San Francisco realizado por Francisco Asorey, una obra singular por su origen, simbolismo y ambición artística. Erigido en el Campillo de Santiago con motivo del VII centenario de la muerte del santo, fue impulsado por las órdenes franciscanas y coordinado por una comisión presidida por Fr. Samuel Eiján. La ejecución se confió a Asorey, uno de los grandes escultores gallegos del momento, y la obra quedó concluida en 1930, en vísperas del día del Apóstol.

El conjunto presenta un elaborado programa simbólico. En la base se representa la sociedad medieval que vio nacer el franciscanismo: a poniente, un rey, un guerrero y un obispo; a oriente, una familia campesina. Ambos grupos avanzan hacia el centro, subrayando la universalidad del mensaje franciscano. Entre ellos aparecen animales cargados de significado, como el lobo de Gubbio o pequeños conejos que evocan la armonía con la creación.
En la parte posterior figuran un fraile, un terciario y un lego junto a los cuatro escudos de la Orden y la imagen de san Bernardino de Siena, reconocible por el libro con el monograma IHS. En el lado opuesto, tres mujeres franciscanas —una clarisa, una terciaria y santa Clara con su ostensorio— destacan la dimensión femenina del movimiento. Coronando el monumento, un Cristo alado, inspirado en la visión de La Verna, preside el conjunto junto a las alegorías de pobreza, castidad y obediencia. En el centro, San Francisco, sereno y estigmatizado, dirige su mirada hacia la Catedral, condensando la espiritualidad que articula toda la obra.

Celebración espiritual y fraterna
La jornada culminó con la eucaristía jubilar, presidida por monseñor Santiago Agrelo, arzobispo emérito de Tánger, seguida de una comida fraterna. La celebración permitió profundizar en el sentido y los objetivos del encuentro, reuniendo a la diversa comunidad franciscana del territorio. Con la mirada puesta en la continuidad de esta conmemoración, se subrayó el significado del octavo centenario del tránsito de San Francisco de Asís como un tiempo de renovación espiritual y de fortalecimiento de la unidad dentro de la familia franciscana.






